ANTES QUE LOS DIOSES TUVIERAN ROSTRO
También quiero sumar a este recorrido esta pieza de Sicilia, relacionada con la Trinacria, el antiguo símbolo de la isla. Su forma circular, con tres piernas en movimiento alrededor de un centro, recuerda a otros símbolos solares o dinámicos presentes en culturas muy alejadas entre sí: el lauburu vasco, algunas formas de la esvástica hindú o ciertos motivos espirales de tradición ancestral.Aquí no se trata de decir que todos signifiquen exactamente lo mismo, sino de observar algo fascinante: muchas culturas recurrieron a formas similares para expresar ideas de movimiento, ciclo, energía, protección o continuidad de la vida.La Trinacria parece girar. No representa una figura quieta, sino una fuerza en movimiento. Y quizá por eso conecta tan bien con estos primeros lenguajes de lo sagrado: antes de que los dioses tuvieran una historia, el ser humano ya intuía que la vida era ritmo, repetición, nacimiento, muerte y retorno.Así el texto gana una tercera pieza: Papúa, Patagonia y Sicilia, tres lugares muy distantes unidos por una misma pregunta: por qué los seres humanos, en culturas tan diferentes, terminamos dibujando símbolos parecidos para hablar de lo invisible.
CUANDO EL SER HUMANO COMENZÓ A ORDENAR EL UNIVERSO
Hay otras dos piezas del museo que siempre me ha gustado observar juntas.La primera es una representación del calendario azteca, que compré en México. La segunda es una representación de la Pachamama, realizada sobre piel, que compré en Cusco.De nuevo, cuando las miramos, aparece una forma que se repite: el círculo.En la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos y andinos, la naturaleza no era simplemente el escenario en el que vivía el ser humano. La naturaleza estaba viva.El sol, la luna, la tierra, las montañas, la lluvia o las estaciones formaban parte de un universo cargado de significado.El llamado calendario azteca intenta representar un cosmos organizado en ciclos. El tiempo no avanza simplemente desde un pasado hacia un futuro. El tiempo gira. Los días regresan, las estaciones vuelven y los grandes ciclos del universo se suceden unos a otros.En la Pachamama encontramos una idea diferente, pero profundamente relacionada. La tierra no es únicamente tierra. Es una realidad viva que alimenta, sostiene y recibe de nuevo la vida.Y, curiosamente, en esta pieza que traje de Cusco, la Pachamama vuelve a aparecer rodeada de formas geométricas, espirales, círculos y figuras que parecen organizarse alrededor de un centro.Cuanto más observo estas piezas, más me interesa una idea: quizá las primeras religiones no intentaban explicar quién había creado el universo, sino descubrir el orden que existía dentro de él.El círculo, la rueda, la espiral y la repetición podían ser formas de representar algo que nuestros antepasados observaban constantemente en la naturaleza:el día y la noche, las fases de la luna, las estaciones, la siembra y la cosecha, el nacimiento y la muerte.Todo parecía regresar.Y quizá por eso el círculo se convirtió en uno de los símbolos más persistentes de la historia de las religiones.Antes de imaginar un Dios situado fuera del mundo, muchas culturas parecieron encontrar lo sagrado dentro del propio movimiento del mundo.Manuel, además, aquí veo una estructura muy bonita para la entrada: Papúa–Patagonia = repetición de formas; Sicilia = movimiento; México–Cusco = ciclo y orden del universo.
CUANDO COMENZAMOS A DIBUJAR EL MUNDO
Quiero terminar este recorrido con cuatro piezas de mi colección que, para mí, representan otro momento fascinante de nuestra relación con lo sagrado.La primera, comenzando por la izquierda, es una cruz tuareg que conseguí en un mercado de Tamanrasset. La segunda fue un regalo de un pintor local cerca de la frontera con Mali y reproduce una de las pinturas rupestres del macizo del Ahaggar, el Hoggar argelino.La tercera pieza recoge petroglifos realizados en cobre y la conseguí en San Pedro de Atacama. La última es una figura que representa a un hombre iluminado, tallada en piedra, que traje de Jujuy en el norte de Argentina.
Al observarlas juntas tengo la sensación de que algo está cambiando.Las líneas, los círculos y las formas geométricas siguen ahí. No desaparecen. Pero, poco a poco, comenzamos a dibujar algo reconocible.Un animal.Una figura humana.Un cuerpo.Un ser que levanta los brazos.Quizá se acerca el momento en que el ser humano deja de representar únicamente fuerzas, ciclos y movimientos y comienza a darles una forma física.
Primero dibujamos los animales que compartían nuestro mundo. Después nos dibujamos a nosotros mismos. Y, en algún momento, utilizamos esas mismas formas para intentar representar aquello que no podíamos ver.
Los espíritus comenzaron a tener cuerpos. Las fuerzas de la naturaleza adquirieron rostros. Y los dioses empezaron a parecerse a nosotros.Tal vez aquí comienza otra gran etapa de la historia de las religiones.Porque una vez que lo sagrado adquiere un rostro, también puede tener un nombre, una historia, una familia, deseos, rabia, amor o miedo.Y así, casi sin darnos cuenta, pasamos de dibujar el universo a imaginar a quienes lo habitaban.Me parece un cierre precioso para enlazar, además, con tu siguiente post: el nacimiento de los dioses antropomórficos.
Que de una forma tan magistral crearon los griegos, los dioses no crearon al hombre fue el hombre el que creo a los Dioses a su imagen y semejanza.





