BUDA. DE HOMBRE A DIOS
Cuando viajamos por Asia encontramos imágenes de Buda por todas partes. Algunas son austeras y casi desnudas. Otras están rodeadas de dioses, demonios, bodhisattvas y mundos sobrenaturales.
Y siempre me ha fascinado la misma pregunta: ¿cómo pudo cambiar tanto una misma figura?
En el Museo de las Religiones tengo muchas representaciones de Buda, recogidas en distintos viajes y lugares. Al mirarlas juntas podemos recorrer, casi sin darnos cuenta, la propia historia del budismo.
Y quizás debamos comenzar por el principio.
BUDA ANTES DE SER BUDA: EL NIÑO QUE LO TENÍA TODO
Este pequeño Buda lo compré en Wuhan durante uno de mis viajes por China.
Está hecho, según me explicaron, a partir de una semilla o fruto vegetal cuyo nombre, para ser sincero, ya no recuerdo. Quizás algún día consiga identificarlo. Me llamó la atención precisamente por eso: por su sencillez y por esa imagen casi ingenua de un Buda niño sentado sobre una flor de loto.
Pero Buda no nació siendo Buda.
Antes de ser «el despierto» fue Siddhartha Gautama.
La tradición cuenta que nació en el seno de una familia noble. Su padre, temeroso de que las profecías que anunciaban una vida espiritual se cumplieran, intentó protegerlo de todo aquello que pudiera hacerle descubrir el sufrimiento.
Siddhartha creció rodeado de comodidades.
Sin enfermedad.
Sin vejez.
Sin muerte.
O, mejor dicho, sin verlas.
Y esto siempre me ha parecido una de las partes más fascinantes de la historia de Buda. Porque su padre intentó hacer algo profundamente humano: construir alrededor de su hijo un mundo en el que el dolor no existiera.
Pero ocultar el sufrimiento no hace que desaparezca.
Un día Siddhartha salió de aquel mundo protegido y, según la tradición, se encontró sucesivamente con un anciano, un enfermo y un cadáver.
Descubrió la vejez.
La enfermedad.
La muerte.
Y comprendió algo que cambiaría su vida: todo aquello también le ocurriría a él y a las personas que amaba.
Entonces hizo algo difícil de comprender desde nuestra mirada actual.
Lo dejó todo.
Su posición. Su comodidad. Su palacio. Y también a su familia.
Durante años buscó una respuesta al sufrimiento a través de maestros y de un ascetismo extremo. Hasta que comprendió que tampoco destruir el cuerpo conducía necesariamente a la liberación.
Se sentó bajo un árbol.
Y decidió observar.
Quizás por eso me gusta tanto esta pequeña figura que compré en Wuhan.
Porque cuando la miro pienso que Buda no nació despierto.
Antes tuvo que vivir protegido dentro de una realidad construida por otros.
Y después tuvo que salir de ella.
Quizás despertar sea precisamente eso: atreverse a mirar aquello que durante años hemos necesitado no ver.
EL BUDA QUE ENCONTRÉ EN CAMBOYA Y TAILANDIA
Años después de conocer la historia de Siddhartha, viajando por Camboya y Tailandia, empecé a encontrarme con Buda por todas partes.
En los templos. En las ruinas. Bajo los árboles. Cubierto de oro. Desgastado por siglos de lluvia.
Y, sin embargo, había algo que se repetía.
Buda estaba casi siempre solo.
Esto es importante para entender una de las grandes ramas del budismo.
Durante mucho tiempo en Occidente hemos hablado de budismo Hinayana, el «pequeño vehículo». Hoy prefiero utilizar el término Theravada, la «doctrina de los ancianos», porque Hinayana fue una denominación utilizada por otras corrientes budistas y terminó adquiriendo un sentido despectivo.
En el Theravada, Buda no es el dios creador del mundo.
Es un hombre que encontró un camino.
Y quizás por eso sus imágenes me producen una sensación tan diferente a las que después encontraría en el Tíbet.
Aquí no vemos todavía esa multitud de divinidades, demonios, bodhisattvas y seres sobrenaturales que llenarán el universo del budismo Mahayana y, especialmente, del budismo tibetano.
Vemos a Buda.
Sentado.
Meditando.
En silencio.
El objetivo del camino es comprender las Cuatro Nobles Verdades: existe el sufrimiento; el sufrimiento tiene una causa; puede cesar; y existe un camino para lograrlo.
Ese camino es el Noble Óctuple Sendero.
Y el ideal es el arhat: aquel que, siguiendo las enseñanzas de Buda, logra liberarse del ciclo del sufrimiento.
Cuando miro mis fotografías de Camboya y Tailandia entiendo mejor algo que en los libros resulta mucho más difícil de percibir.
Las religiones también hablan a través de sus imágenes.
El Buda solitario del Theravada parece decirnos:
Yo encontré el camino.
Ahora debes recorrerlo tú.
Pero cuando el budismo siguió viajando hacia China, Corea y Japón, ocurrió algo extraordinario.
El camino individual comenzó a parecer insuficiente.
Apareció una nueva pregunta:
¿Puede alguien alcanzar la liberación y dejar atrás a todos los demás?
Y de esa pregunta nacerá uno de los personajes que más me fascinan de toda la historia de las religiones:
el bodhisattva.
Y con él comienza el budismo Mahayana.
EL BUDA DE BOROBUDUR
Esta cabeza de Buda la compré durante mi viaje a Indonesia, en Borobudur.
Recuerdo recorrer aquel enorme templo y encontrar imágenes de Buda una y otra vez. Sentados, en silencio, mirando hacia fuera desde las terrazas del monumento.
Borobudur es uno de esos lugares que ayudan a comprender algo que siempre me ha fascinado: las religiones no viven aisladas.
Estamos en Java. A poca distancia se encuentra Prambanan, uno de los grandes complejos hinduistas del sudeste asiático.
Buda y Shiva.
Budismo e hinduismo.
Dos grandes tradiciones conviviendo durante siglos en un mismo territorio.
Y quizás por eso, cuando viajamos siguiendo las religiones, las fronteras que aparecen tan claras en los libros empiezan a desdibujarse.
El budismo nació en la India y heredó inevitablemente parte del universo cultural en el que surgió: el karma, el samsara, la reencarnación y la búsqueda de la liberación.
Pero Buda propuso un camino diferente.
No preguntó tanto quién creó el mundo.
Preguntó algo mucho más inmediato:
¿Por qué sufrimos?
Esta cabeza que traje de Borobudur me recuerda precisamente eso.
Los ojos cerrados.
La mirada hacia dentro.
Porque, para Buda, el gran viaje no comienza atravesando el mundo.
Comienza observando la propia mente.
Y desde aquí enlazaría directamente con las Cuatro Nobles Verdades y el Theravada. Creo que además podemos usar la foto de tu cabeza de Buda como imagen de transición entre la vida de Siddhartha y la explicación de su enseñanza.
EL BUDA QUE ENGORDÓ Y COMENZÓ A REÍR
Cuando viajamos por China encontramos con frecuencia esta imagen: un hombre gordo, sonriente, con una enorme barriga y una expresión de felicidad casi contagiosa.Yo mismo tengo varias figuras en el Museo. Estas dos las traje de China.Y durante años, como casi todos los occidentales, lo llamé «el Buda gordo».Pero hay un pequeño problema.Este no es Buda.
O, al menos, no es Siddhartha Gautama, el hombre que abandonó su palacio, meditó bajo un árbol y trató de comprender el origen del sufrimiento.
Entonces… ¿quién es?
Su nombre es Budai.
La tradición lo relaciona con un monje chino que habría vivido alrededor del siglo X. Se le representaba caminando con un gran saco —de hecho, Budai significa algo parecido a «saco de tela»— y con el tiempo comenzó a asociarse con la alegría, la abundancia y la generosidad.
Pero ocurrió algo todavía más interesante.
Budai terminó siendo considerado una manifestación de Maitreya, el Buda del futuro.
Y aquí comenzamos a comprender la enorme transformación que sufrió el budismo cuando salió de la India.
El budismo Mahayana, el «Gran Vehículo», desarrolló un universo religioso mucho más amplio.
Ya no se trataba únicamente de seguir el camino de Buda para alcanzar la propia liberación.
Apareció con enorme fuerza la figura del bodhisattva: aquel que, pudiendo alcanzar la liberación definitiva, permanece vinculado al mundo para ayudar a los demás seres a despertar.
Siempre me ha fascinado esta idea.
No salvarme yo. Despertar juntos.
JAPÓN: CUANDO LOS DIOSES ANTIGUOS SE ENCONTRARON CON BUDA
Este gran rollo lo compré en Kioto.
Recuerdo que me llamó la atención por una razón muy sencilla: arriba todo parece luminoso; abajo, el mundo arde.
En la parte superior encontramos a Buda y los mundos asociados a la salvación. Más abajo aparecen seres humanos, jueces y figuras sobrenaturales. Y finalmente llegamos a los infiernos: fuego, castigos, demonios y seres atrapados en las consecuencias de sus propios actos.
La tradición budista japonesa desarrolló con enorme fuerza estas imágenes. El contraste entre los horrores de los seis reinos del renacimiento y la esperanza de la Tierra Pura de Amida fue especialmente importante en el budismo medieval japonés.
Pero cuando compré esta pieza en Japón pensé en algo que me sigue fascinando.
Nada de esto nació en Japón.
Buda había vivido en la India.
El budismo viajó.
Atravesó China y Corea.
Y finalmente llegó a Japón.
Pero Japón ya tenía dioses.
O, para ser más exactos, tenía kami.
La montaña podía ser sagrada. Un bosque. Una roca. Un río. Un antepasado. La presencia de lo sagrado habitaba el mundo.
Era el universo del Sintoísmo.
Y cuando llegó el budismo ocurrió algo que encontramos una y otra vez en la historia de las religiones.
Los japoneses no dijeron necesariamente:
Durante siglos intentaron hacer convivir ambos universos. Kami y budas fueron interpretados y relacionados dentro de un largo proceso de sincretismo conocido como shinbutsu shūgō. Esa convivencia fue tan profunda que templos y santuarios llegaron a compartir espacios y cultos; la separación oficial entre budismo y sintoísmo fue impulsada por el gobierno Meiji a partir de 1868.
Y esto me apasiona.
Porque tendemos a estudiar las religiones como compartimentos separados.
Budismo.
Hinduismo.
Sintoísmo.
Cristianismo.
Como si cada una hubiera nacido dentro de una caja cerrada.
Pero las religiones viajan.
Y cuando viajan se encuentran con los dioses que ya estaban allí.
Los reinterpretan.
Los absorben.
A veces luchan contra ellos.
Y otras veces descubren que pueden convivir.
Cuando miro este rollo que traje de Kioto ya no veo solamente el cielo y el infierno.
Veo el viaje de una idea.
Una enseñanza nacida en la India que atravesó Asia y, al llegar a Japón, tuvo que aprender a convivir con montañas sagradas, espíritus y kami.
Quizás Joseph Campbell tenía razón al invitarnos a mirar los mitos más allá de sus fronteras.
Porque cuanto más estudio las religiones, más difícil me resulta encontrar una tradición completamente pura.
Las religiones, como nosotros, construyen su identidad en el encuentro con los otros.
CUANDO BUDA ALCANZÓ LAS CUMBRES DEL HIMALAYA
Esta thangka la compré en Nepal.
Durante años ha estado colgada en mi Museo de las Religiones y, cada vez que la miro, pienso en el enorme viaje que tuvo que realizar el budismo para llegar hasta aquí.
Todo había comenzado con un hombre.
Siddhartha.
Un hombre que abandonó una vida protegida porque descubrió la enfermedad, la vejez y la muerte.
Su pregunta era aparentemente sencilla:
¿Por qué sufrimos?
Pero después el budismo comenzó a viajar.
En el sudeste asiático encontré al Buda silencioso del Theravada.
En China, el Mahayana amplió el camino y aparecieron con enorme fuerza los bodhisattvas, seres que renuncian a la liberación definitiva para ayudar a despertar a los demás.
En Japón, Buda tuvo que aprender a convivir con los kami y con el antiguo universo del sintoísmo.
Y finalmente llegamos al Tíbet.
Aquí ocurrió algo que me fascina.
El budismo se llenó de dioses.
O, al menos, eso es lo que parece cuando uno contempla por primera vez una thangka tibetana.
Budas.
Bodhisattvas.
Maestros.
Protectores.
Seres pacíficos.
Seres terribles.
Figuras con múltiples brazos, rostros enfurecidos, fuego, calaveras y símbolos que parecen estar a años luz de aquel hombre sentado bajo un árbol.
¿Qué había ocurrido?
El budismo tibetano heredó el Mahayana y las sofisticadas prácticas tántricas del budismo indio tardío. Pero, al asentarse en el Tíbet, convivió también con cultos y divinidades locales; distintas fuentes académicas describen la incorporación de numerosas deidades locales al universo budista tibetano.
Y aquí aparece la antigua tradición Bön.
No me gusta decir simplemente que «el budismo copió al Bön», porque la historia es bastante más compleja. Hubo contacto, tensión e influencia mutua. Incluso la propia definición histórica de Bön es objeto de debate.
Pero ocurrió algo profundamente humano.
Los antiguos seres sagrados no desaparecieron.
Muchos fueron reinterpretados.
Algunas divinidades locales pasaron a ocupar un lugar dentro del nuevo universo budista.
Y las prácticas tántricas que llegaban desde la India aportaron rituales, visualizaciones y una extraordinaria riqueza simbólica. El budismo tibetano conservó una relación especialmente fuerte con las tradiciones del budismo indio.
Por eso una thangka como esta puede parecernos tan diferente del pequeño Buda que compré en Wuhan.
Pero quizás, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma.
¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento?
Lo que cambia es el lenguaje.
Siddhartha habló del apego.
China habló de la compasión del bodhisattva.
Japón llenó el camino de nuevos paisajes religiosos.
Y el Tíbet convirtió la mente en un inmenso universo simbólico.
Quizás por eso me apasionan tanto las religiones.
Porque cuanto más viajo y más las estudio, menos creo en tradiciones puras.
Las religiones se encuentran.
Se mezclan.
Se enfrentan.
Se absorben.
Y se transforman.
Como decía y mostraba una y otra vez Joseph Campbell al comparar los mitos de culturas muy diferentes, bajo imágenes distintas reaparecen grandes preguntas humanas.
Miro esta thangka que traje de Nepal y pienso que hemos recorrido miles de kilómetros desde aquel niño protegido en un palacio.
Pero la pregunta continúa allí.
¿Por qué sufrimos y cómo podemos despertar?
Y quizás toda la historia del budismo sea, en el fondo, la historia de las distintas respuestas que los seres humanos hemos dado a esa misma pregunta.
FIN DEL VIAJE. O QUIZÁS, COMO DIRÍA BUDA, EL COMIENZO.





