¿QUE DIFERENCIA A LA MITOLOGÍA DE LA RELIGIÓN?

Esta pintura sobre piel de vicuña la compré en Cuzco.Representa a la Pachamama, la Madre Tierra, una de las figuras más profundas del universo religioso andino.Cuando los españoles llegaron a los Andes encontraron pueblos que llevaban siglos intentando responder a las mismas preguntas que los seres humanos se habían hecho en Mesopotamia, Egipto, Grecia o la India.¿Cómo comenzó el mundo?¿De dónde venimos?¿Por qué existen el sol, las montañas y la muerte?

En algunas antiguas cosmogonías andinas aparece Viracocha, una figura creadora que surge en un mundo todavía oscuro y da forma al cielo, al sol, a la luna y a los seres humanos.Hoy podemos leer estas historias y llamarlas mitología inca.Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención cuando viajo: lo que para mí es un mito, para otra persona puede formar parte de la realidad más cotidiana.

Creo que empecé a entenderlo especialmente bien en Ayacucho.Hace años tuve la oportunidad de trabajar allí ayudando a víctimas de la terrible violencia que había sufrido la región durante el conflicto armado interno de Perú.Antes de ir había leído Entre prójimos, de Kimberly Theidon. Es uno de esos libros que se te quedan dentro porque cuestionaba algo que, como psicólogo, me parecía fundamental: la idea de que nuestras categorías psicológicas occidentales sirven necesariamente para explicar el sufrimiento de todo el mundo.En el libro aparecían los llakis.Nosotros podíamos hablar de depresión, trauma o estrés postraumático.Pero allí el sufrimiento podía ser explicado de otra manera.Los llakis no parecían pertenecer únicamente a la cabeza de una persona. El dolor estaba en el cuerpo, en lo ocurrido, en la familia y en la comunidad.Y cuando fui a Ayacucho intenté recordar aquello.

Yo llegaba con mi formación de psicólogo occidental, con mis teorías y mis diagnósticos.Pero no quería llegar diciéndoles cómo tenían que llamar a su dolor.Recuerdo también hablar con personas que me contaban, con absoluta naturalidad, cosas sobre los apus, los espíritus de las montañas.No me hablaban de ellos como yo podría hablar de Zeus o Poseidón.No estaban contándome una antigua leyenda peruana.

Me hablaban de algo que existía.Y ahí empecé a hacerme una pregunta que después me ha acompañado en muchos de mis viajes.¿Cuánto de lo que llamamos realidad depende del relato desde el que intentamos comprenderla?Para mí, los apus podían formar parte de la mitología andina.Para algunas de aquellas personas, la montaña estaba viva.Yo podía hablar de trauma.Ellos podían hablar de llakis.Y quizá todos estábamos intentando acercarnos al mismo sufrimiento desde relatos diferentes.

Lo curioso es que muchas de aquellas personas eran también profundamente cristianas.Llevaban una cruz.Rezaban a la Virgen. Celebraban las fiestas de los santos. Y quizá, antes de beber, derramaban unas gotas sobre la tierra.No parecía existir ninguna contradicción. La Pachamama y la Virgen podían convivir perfectamente. El apu de la montaña y el santo podían proteger el mismo pueblo.Una cruz podía levantarse sobre un lugar que ya era sagrado mucho antes de que alguien en aquellas montañas hubiera oído hablar de Cristo.Y fue precisamente pensando en estas cosas cuando empezó a rondarme una pregunta: ¿Dónde termina la mitología y dónde comienza la religión? Porque yo puedo leer la historia de Viracocha y llamarla mito. Pero si una persona organiza parte de su vida alrededor de ese relato, habla con la montaña, le pide permiso o intenta comprender su sufrimiento desde una forma de ver el mundo que para ella es completamente real…¿sigue siendo mitología?¿Es el mito simplemente una religión que ha perdido a sus creyentes?¿O quizá llamamos mito a las historias de los otros y religión a las nuestras?

CUANDO EL MITO ME FASCINA Y PARA OTROS ES SU VIDA

Muchos años después, la misma pregunta volvió a aparecer. Había descendido del campo base del Everest y estaba de nuevo en Katmandú, en otro de mis viajes a los Himalayas. Me senté frente a los ghats y me quedé observando cómo ardían los cuerpos.No sé cuánto tiempo estuve allí. El fuego. El humo. Las familias esperando.Y, alrededor, la vida continuando con una naturalidad que a mí, como europeo, todavía me resultaba extraña.Venía de las montañas. De caminar durante días entre algunas de las cumbres más altas del mundo, no tan lejos —al menos en mi imaginación de viajero— de otro de los grandes lugares sagrados del Himalaya: el monte Kailash.
Según la tradición hindú, allí habita Shiva. Allí medita. Eternamente. Yo conocía aquella historia. Como conocía las historias de Shiva y su relación con Benarés. Para mí eran relatos fascinantes.Mitología. Pero mientras miraba aquellos cuerpos arder en Katmandú recordé mi primer viaje a la India. Tenía 27 años.Había llegado a Benarés y me había sentado también frente al ghat donde cremaban los cuerpos al fuego. Ahí, con mis 27 años,  comprendí que lo que para mí era mitología, para las personas que tenía delante era una forma de comprender la realidad.
En Benarés sentí que la religión y la muerte estaban profundamente unidas.La muerte estaba allí y también la vida en la orilla del Ganges se veía. y olía. La muerte no estaba escondida detrás de las puertas de un hospital o de un tanatorio, como tantas veces hacemos en Europa.Y entonces pensé en Nataraja. En Shiva danzando dentro de un círculo de fuego.Creando.Destruyendo.Volviendo a crear.
Después de aquel viaje a Benarés compré esta tela de Shiva. Me costó diez dólares.Tenía 27 años y recuerdo que, en aquel momento, diez dólares tampoco me parecían muchísimo dinero.No sé muy bien por qué, pero aquel joven se hizo una promesa. Pensé que, cuando sintiera que mi propio final estaba cerca, volvería a Benarés. Quería regresar a aquel lugar. Y volver a encontrarme con el joven que había sido.
«Han pasado muchos años desde entonces. Y esta tela de Shiva ha estado conmigo todo este tiempo…».

LA SANTA MUERTE: COMPAÑERA PARA UNOS, HEREJÍA PARA OTROS

Quiero terminar este recorrido en Puebla, México. Allí entré en una iglesia que, a primera vista, parecía una iglesia católica como tantas otras que había visitado en América Latina. Había Cristos, vírgenes, santos, velas y flores.Pero entre ellos también aparecían las calaveras. Y la muerte.

Esta Santa Muerte la compré precisamente allí.Para algunas personas es una compañera. Una presencia cercana a la que se le habla, se le pide protección y se le confían los miedos. Para otras, especialmente desde la ortodoxia de la Iglesia católica, su culto es una herejía, una deformación de la fe cristiana.Pero lo que me fascinó fue encontrarla allí, compartiendo el mismo espacio simbólico con Cristos y vírgenes.
Porque las religiones que estudiamos en los libros parecen tener fronteras muy claras. Cristianismo. Hinduismo. Budismo. Religiones indígenas. La vida real nunca es tan ordenada.Las personas mezclan símbolos, heredan creencias, transforman dioses y buscan protección allí donde sienten que pueden encontrarla. Y México quizá sea uno de los lugares donde esto puede observarse con mayor claridad. En aquella iglesia de Puebla nadie parecía preocupado por resolver la contradicción. Cristo estaba allí. La Virgen estaba allí. Y la Muerte también. Quizá porque, para quien vive acompañado por ella, la muerte deja de ser únicamente el final y puede convertirse también en presencia.

Y pensé que no había mejor pieza para terminar este recorrido. Porque este museo no intenta decidir qué creencias son verdaderas y cuáles son falsas. Solo intenta observar cómo, desde el principio de los tiempos, los seres humanos hemos necesitado dar forma a nuestros miedos, a nuestras esperanzas y a aquello que no podemos comprender. Y, a veces, las fronteras que separan a un santo de una herejía dependen simplemente de quién está mirando.

'Museo de las religiones'
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