AMULETOS, LLEVANDO LO SAGRADO CON NOSOTROS
Estos pequeños amuletos los encontré en China. Los dos primeros, en un mercado nocturno de Pekín; el tercero, en las montañas taoístas de Yunnan. Imágenes sagradas concebidas para llevarse junto al cuerpo: dioses, protectores y maestros que abandonan el templo para acompañarnos en el camino.
En mis viajes he comprado muchas imágenes de dioses. Algunas eran grandes esculturas destinadas a ocupar un lugar en un templo, en una casa o, finalmente, en este museo.Pero también he ido guardando objetos mucho más pequeños.Objetos que caben en una mano. Que pueden colgarse del cuello. Que se guardan en un bolsillo o se colocan cerca de una puerta.Objetos que viajan con nosotros.Amuletos.Los he encontrado en Marruecos, Argelia, Líbano y Turquía. También en India, China e Indonesia. En México encontré criaturas fantásticas llenas de color. Y en Cuba, collares vinculados a tradiciones religiosas que habían cruzado el Atlántico desde África.Culturas separadas por miles de kilómetros. Dioses diferentes. Religiones diferentes.Y, sin embargo, una idea sorprendentemente parecida.La necesidad de sentir que existe algo superior a nosotros capaz de protegernos.Quizá esta sea una de las experiencias religiosas más antiguas del ser humano.Cuando enfermamos. Cuando emprendemos un viaje. Cuando nace un hijo. Cuando tememos perder a alguien. Cuando nos enfrentamos a fuerzas que no comprendemos o, simplemente, cuando descubrimos que no podemos controlar todo lo que ocurre en nuestra vida.Entonces buscamos protección.A veces levantamos un templo.A veces rezamos.Y otras veces hacemos algo mucho más sencillo: tomamos un pequeño objeto y lo llevamos junto al cuerpo.Una mano abierta. Un ojo. Una piedra. La imagen de un dios. Un animal protector. Un collar de cuentas.El objeto cambia.Cambian los dioses. Cambian los nombres.Pero quizá el miedo humano no sea tan diferente.Y quizá tampoco lo sea nuestra necesidad de sentir que, frente a la inmensidad de lo desconocido, hay algo más grande que nosotros que puede acompañarnos y protegernos.
EL ALEBRIJE: ENTRE ESTE MUNDO Y EL OTRO
Este alebrije me lo regaló una buena amiga mexicana que conoce bien mi fascinación por todo lo espiritual y lo sagrado.He viajado muchas veces a México y, sin embargo, nunca deja de sorprenderme. Sus colores, su imaginería, sus fiestas, la manera en que la muerte aparece continuamente junto a la vida.Hay algo en la cultura mexicana que siempre me ha fascinado: la frontera entre este mundo y el otro parece mucho más permeable.Es una relación que hunde parte de sus raíces en las antiguas culturas mesoamericanas, entre ellas la Mexica, y que después se encontró y se mezcló con el cristianismo traído por los españoles. El resultado es una forma de imaginar la muerte, los espíritus y el más allá que todavía hoy aparece en las calles, en las casas y, de una manera especialmente visible, durante el Día de Muertos.Mi alebrije no es, estrictamente, un amuleto tradicional. Los alebrijes son criaturas fantásticas nacidas en el arte popular mexicano moderno.Pero cuando lo miro, no puedo evitar relacionarlo con esa antigua necesidad humana de dar forma a los seres que habitan entre lo visible y lo invisible.Quizá por eso mi amiga pensó en mí cuando lo eligió.Y quizá por eso terminó en este museo.Porque hay culturas que construyen muros entre este mundo y el otro. México, en cambio, parece haber dejado siempre alguna puerta abierta.
LA MANO DE FÁTIMA: LA MANO QUE PROTEGE
Creo que mi fascinación por la mano de Fátima comenzó mucho antes de que yo supiera realmente qué significaba.La descubrí en mi primer viaje a Marruecos. Tenía veinte años y todavía estaba muy lejos de imaginar que algún día acabaría reuniendo objetos religiosos de medio mundo en un museo.Recuerdo que pregunté por aquellas manos que veía repetirse en colgantes y pequeños objetos. Me explicaron que se utilizaban para proteger del mal de ojo y que, especialmente, se colocaban a los niños para protegerlos de la mirada, la envidia y las malas influencias.No sé por qué, pero aquella idea me fascinó.Una mano abierta capaz de detener el mal.Con los años volví a encontrarla una y otra vez. Estas piezas de mi colección las compré en Turquía, Líbano y Argelia.Y fui comprendiendo que su historia era mucho más compleja de lo que me habían contado en aquel primer viaje. La hamsa pertenece a un antiguo universo mediterráneo y norteafricano de protección frente al mal de ojo. También aparece en la tradición judía —donde suele conocerse como la mano de Miriam— y fue adoptada en contextos musulmanes como la mano de Fátima.Quizá esto sea precisamente lo que más me gusta de ella.Durante siglos, Marruecos albergó importantes comunidades judías que convivieron con la mayoría musulmana. Símbolos, creencias y costumbres populares se encontraron, se mezclaron y viajaron de una comunidad a otra.Una herencia norteafricana antigua, mezclada con el judaísmo y reinterpretada después dentro del mundo musulmán.Algunos creyentes musulmanes más ortodoxos rechazan los amuletos porque consideran que la protección solo puede proceder de Dios. Pero la religión vivida por las personas rara vez cabe completamente dentro de los límites de la teología.Las madres quieren proteger a sus hijos.Los viajeros quieren regresar a casa.Las personas tienen miedo a la enfermedad, a la envidia y a aquello que no pueden controlar.Y quizá por eso, miles de años después, seguimos colgándonos pequeñas manos alrededor del cuello.La primera vez que vi una tenía veinte años y no sabía nada de su historia. Solo recuerdo que me encantó la idea de que una pequeña mano pudiera proteger a un niño de aquello que no podemos ver.
LOS DIOSES QUE CRUZARON EL ATLÁNTICO
Estos tres collares los compré en La Habana. Son elekes, collares de cuentas vinculados a los orishas de la tradición afrocubana. No son simples adornos: dentro de la Regla de Ocha o tradición lucumí, los colores y las secuencias de las cuentas identifican y crean un vínculo ritual con los orishas. La religión afrocubana se desarrolló en Cuba a partir de tradiciones yoruba llegadas desde África y su encuentro histórico con el catolicismo. El azul y blanco pertenece a Yemayá, señora del mar y de las aguas, vinculada a la maternidad y al origen de la vida. En Cuba quedó además asociada a la Virgen de Regla y a los puertos de La Habana. Su collar tradicional combina cuentas azules y transparentes o blancas, evocando el agua y la espuma del mar.El rojo y blanco es Changó, orisha del trueno, el relámpago, el fuego y el poder. Sus collares alternan precisamente estos dos colores. Es una figura de fuerza, autoridad y dominio; una divinidad temida por su capacidad destructora y venerada por su valentía y poder.El tercero, amarillo y dorado, parece corresponder a Ochún, orisha relacionada con las aguas dulces, el amor y la fertilidad. Aquí, Manuel, confirmaría si cuando lo compraste te dijeron Ochún u Oggún, porque por el color yo diría Ochún.Y cerraría este fragmento con algo muy tuyo:Me fascina pensar que estas pequeñas cuentas cuentan en realidad la historia de un viaje inmenso. Los dioses africanos cruzaron el Atlántico con quienes fueron arrancados de su tierra. En Cuba cambiaron algunos nombres, se encontraron con santos cristianos y aprendieron a hablar una nueva lengua religiosa.Pero sobrevivieron.Y todavía hoy pueden llevarse alrededor del cuello.A veces, un amuleto no solo protege. También conserva la memoria de un pueblo.





