Kali. La fuerza que destruye para crear
Hay figuras que uno compra por su belleza. Otras, porque despiertan una curiosidad difícil de explicar. Y algunas llegan a nosotros sin saber que, con el paso de los años, acabarán revelando un significado mucho más profundo. Esta imagen de Kali, realizada en bronce, pertenece a ese último grupo.
La adquirí en Pokhara (Nepal), una ciudad situada a los pies del Himalaya, famosa por la serenidad de su lago Phewa y por ser la puerta de entrada a las grandes rutas de montaña. Sin embargo, más allá de su paisaje, Pokhara también conserva una intensa tradición espiritual donde conviven templos hindúes y budistas. Fue allí donde encontré esta representación de Kali, que hoy forma parte del Museo de las Religiones.
A primera vista, Kali puede resultar desconcertante. Su lengua sobresale de la boca, sostiene armas en sus múltiples brazos, lleva un collar de cabezas y aparece de pie sobre el cuerpo inmóvil de Shiva. Para quien se acerca por primera vez al hinduismo, la imagen puede parecer violenta o incluso aterradora. Sin embargo, su verdadero significado es exactamente el contrario.
La madre que destruye la ilusión
Kali no representa la maldad. Representa la verdad cuando deja de ser cómoda.
Su nombre procede de la palabra sánscrita kāla, que significa tiempo, pero también aquello que inevitablemente pone fin a todas las cosas. Kali es el tiempo que consume el ego, las falsas identidades y todo aquello a lo que nos aferramos creyendo que nos protege.
En la tradición hindú es considerada una de las manifestaciones más poderosas de Shakti, la energía creadora del universo. Cuando los demonios simbolizan la ignorancia, el orgullo o el apego, Kali aparece para destruirlos.
No destruye la vida.
Destruye aquello que nos impide vivir plenamente.
¿Por qué saca la lengua?
Uno de los rasgos más conocidos de Kali es su lengua extendida.
Existen varias interpretaciones. Una de las más difundidas cuenta que, durante una batalla contra los demonios, Kali entró en un estado de tal intensidad que comenzó a destruir todo cuanto encontraba a su paso. Solo cuando pisó accidentalmente el cuerpo de Shiva tomó conciencia de su fuerza desbordada y, avergonzada, sacó la lengua.
Otra interpretación considera que la lengua representa el poder devorador del tiempo, que termina absorbiéndolo todo.
Como ocurre con tantos símbolos hindúes, ambas lecturas pueden convivir.
Shiva bajo sus pies
Quizá el detalle más sorprendente de esta escultura sea la figura sobre la que Kali se sostiene.
No es un enemigo.
Es Shiva.
Lejos de expresar dominación, esta imagen simboliza que la energía (Shakti) necesita una conciencia que la sostenga, y que la conciencia (Shiva) permanece inmóvil sin la energía que la pone en movimiento.
Es una de las representaciones más profundas de la complementariedad entre ambos principios.
Las armas de Kali
Cada uno de sus brazos sostiene un objeto diferente.
La espada corta la ignorancia.
El tridente simboliza el dominio sobre la creación, la conservación y la destrucción.
Las demás armas representan las distintas formas mediante las cuales la conciencia vence al miedo y al apego.
No son armas para destruir personas.
Son instrumentos para vencer aquello que nos esclaviza interiormente.
El collar de cabezas
Uno de los símbolos que más impresiona es el collar formado por cabezas humanas.
No representa una victoria sobre otros seres.
Cada cabeza simboliza un aspecto del ego, una identificación, una ilusión o una limitación que debe morir para que pueda emerger una conciencia más libre.
En muchas representaciones tradicionales también alude a las letras del alfabeto sánscrito, recordándonos que incluso el lenguaje y los conceptos tienen límites cuando intentamos comprender la realidad última.
Kali y la psicología
Desde una perspectiva psicológica, Kali representa algo que todos experimentamos alguna vez.
Hay momentos en los que la vida destruye la identidad que creíamos ser: una pérdida, una enfermedad, una ruptura o un trauma hacen que aquello con lo que nos identificábamos deje de existir.
Nuestra reacción inicial suele ser resistirnos.
Sin embargo, muchas veces es precisamente esa destrucción la que permite construir una identidad más auténtica.
En el Modelo PARCUVE, podríamos decir que Kali simboliza el momento en el que las estructuras defensivas dejan de sostenernos. Es doloroso, incluso aterrador, pero también puede ser el comienzo de una transformación profunda.
Porque no siempre sufrimos por lo que cambia.
Con frecuencia sufrimos porque intentamos conservar aquello que ya debería haber terminado.
Una invitación a mirar más allá
Esta escultura de bronce, adquirida en Pokhara, me recuerda que muchas de las imágenes religiosas que hoy contemplamos con extrañeza fueron creadas para transmitir profundas enseñanzas sobre la naturaleza humana.
Kali no nos invita a temer la destrucción.
Nos invita a preguntarnos qué parte de nosotros necesita desaparecer para que pueda nacer algo más verdadero.
Quizá ese sea el mensaje más actual de esta antigua diosa: no toda destrucción es una pérdida; algunas son el primer paso hacia la libertad.
Hay objetos que uno encuentra por casualidad y otros que parece que nos están esperando.
Este óleo de Kali lo compré en el Thamel, el corazón de Katmandú. No fue una compra impulsiva. Durante varios días recorrí sus estrechas calles, entrando en pequeñas galerías, tiendas de artesanía y talleres de pintura tradicional. Había visto muchas representaciones de Kali, pero ninguna conseguía transmitir la fuerza que buscaba. Hasta que apareció esta.
Desde entonces forma parte del Museo de las Religiones.
Cada vez que alguien la contempla suele producirse la misma reacción: fascinación mezclada con inquietud. Su lengua sobresale de la boca, sostiene armas en sus múltiples brazos, lleva un collar de cabezas y se alza sobre el cuerpo de Shiva. Para quien no conoce el simbolismo hindú, resulta una imagen perturbadora.
Y, sin embargo, pocas figuras religiosas han sido tan malinterpretadas.
La muerte que representa Kali
Kali no es la diosa de la violencia.
Es la diosa de la transformación.
Su nombre procede de kāla, el tiempo, esa fuerza que termina destruyendo todo aquello que creemos permanente.
Destruye el orgullo.
Destruye el apego.
Destruye las falsas identidades.
Destruye el ego.
Por eso aparece cubierta de cabezas cortadas. No representan personas derrotadas, sino las múltiples máscaras con las que vivimos creyendo que somos alguien distinto de nuestra verdadera naturaleza.
La espada que sostiene no está dirigida contra los demás.
Está dirigida contra nuestras ilusiones.
El sacrificio que todos estamos llamados a realizar
Quizá el mayor error haya sido interpretar literalmente aquello que siempre fue un poderoso símbolo.
El verdadero sacrificio que propone Kali no consiste en ofrecer la vida de otro ser.
Consiste en sacrificar aquello que nos mantiene esclavos.
Nuestros miedos.
Nuestra necesidad de controlar.
Las identidades que construimos para sobrevivir.
Desde la psicología, podríamos decir que Kali representa ese momento en el que las estructuras defensivas dejan de sostenernos. Aquello que durante años nos protegió acaba convirtiéndose en una prisión.
En el Modelo PARCUVE entendemos que la identidad no es algo fijo, sino una construcción emocional nacida de nuestra historia de apego y de las experiencias traumáticas. Cuando esa identidad deja de ser funcional, el cambio suele vivirse como una muerte.
Y, en cierto modo, lo es.
Porque para que nazca una nueva forma de estar en el mundo, antes debe morir la antigua.
Una diosa profundamente actual
Quizá por eso Kali sigue siendo una de las imágenes más poderosas del hinduismo.
Nos recuerda que crecer implica perder.
Que toda transformación exige renunciar a algo.
Que el sufrimiento no siempre proviene del cambio, sino del intento desesperado por conservar aquello que ya ha cumplido su función.
Después de recorrer durante días las calles del Thamel buscando esta pintura, comprendí que no estaba comprando únicamente una obra de arte.
Estaba llevando conmigo un símbolo que resume una de las grandes enseñanzas de Oriente.
La verdadera evolución no comienza cuando cambiamos el mundo que nos rodea, sino cuando somos capaces de sacrificar la identidad con la que llevamos toda la vida identificándonos.
Quizá por eso Kali continúa mirándonos con la misma intensidad desde hace siglos.
No para inspirarnos miedo.
Sino para preguntarnos:
¿Qué parte de ti necesita morir para que puedas llegar a ser quien realmente eres?
La leyenda negra de Kali
Durante mi primer viaje a la India, en los años noventa, escuché numerosas historias sobre Kali. En Calcuta me hablaron de antiguos sacrificios realizados en su honor. Años más tarde descubrí que muchas de esas narraciones mezclaban hechos históricos, leyendas populares y la visión que los cronistas británicos difundieron durante la época colonial.
Joseph Campbell recuerda en algunas de sus obras que todavía en el siglo XIX existían relatos sobre sacrificios humanos asociados a determinados cultos de Kali. Hoy sabemos que, si realmente ocurrieron, fueron prácticas muy excepcionales, ligadas a grupos concretos y alejadas de lo que representaba el hinduismo en su conjunto.
Lo que sí ha perdurado hasta nuestros días en algunos templos de Nepal y de ciertas regiones de la India son los sacrificios rituales de animales, especialmente cabras o búfalos, aunque cada vez son más discutidos y muchos lugares los han sustituido por ofrendas simbólicas.
Estas prácticas han contribuido a construir la imagen de Kali como una diosa sanguinaria.
Pero esa interpretación apenas roza la superficie de su verdadero significado.
No significa destruir nuestros instintos, sino aprender a integrarlos sin que gobiernen nuestra vida.
Pieza del Museo de las Religiones
Título: Kali
Procedencia: Katmandú (Thamel), Nepal
Religión: Hinduismo
Significado principal: Kali es una de las manifestaciones más poderosas de Shakti, la energía creadora y transformadora del universo. Su iconografía, con múltiples brazos, armas, un collar de cabezas y la lengua extendida, simboliza la destrucción del ego, la ignorancia y el apego. Aunque históricamente algunos cultos asociados a Kali realizaron sacrificios rituales de animales y existen referencias a antiguos sacrificios humanos en determinados contextos tántricos, su significado más profundo es espiritual: el verdadero sacrificio es el de las falsas identidades que nos impiden alcanzar la libertad interior. Kali representa la transformación, la muerte simbólica del ego y el renacimiento de una conciencia más auténtica.
Esta pintura representa una de las deidades iracundas del budismo tántrico y, para mí, es mucho más que una imagen religiosa. Es un magnífico ejemplo de algo que siempre me ha fascinado: comprobar cómo las religiones no aparecen de la nada, sino que evolucionan, dialogan entre sí y se transforman continuamente.
Quizá una de las mayores enseñanzas que me ha dejado recorrer tantos países y visitar tantos templos es descubrir que las fronteras entre las religiones son mucho más difusas de lo que solemos imaginar. Detrás de los nombres, los rituales o las imágenes aparecen una y otra vez los mismos símbolos, reinterpretados por culturas diferentes.
Joseph Campbell dedicó buena parte de su vida a mostrarnos precisamente eso: que los mitos son un lenguaje universal que adopta formas distintas según el pueblo que los transmite. Desde que leí sus obras, una parte importante de mis viajes consiste en buscar esos hilos invisibles que unen unas tradiciones con otras.
El budismo tibetano constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de ese proceso de sincretismo. Nació en la India a partir del budismo Mahāyāna, incorporó numerosos elementos del hinduismo tántrico —especialmente del shivaísmo y del culto a Shakti— y, al llegar al Tíbet, dialogó durante siglos con la antigua religión Bön, integrando parte de sus símbolos, de sus protectores y de su universo ritual.
Por eso, muchas de sus deidades conservan una apariencia que recuerda a Kali, Mahākāla o a otras divinidades hindúes. Sin embargo, el budismo les otorgó un nuevo significado. La ira dejó de representar una fuerza destructiva para convertirse en la energía que destruye la ignorancia. El enemigo ya no está fuera, sino dentro de nosotros.
Creo que este proceso no es una excepción, sino una constante en la historia de las religiones. Cuanto más viajo, más convencido estoy de que todas las tradiciones espirituales han aprendido unas de otras. Ninguna ha surgido completamente aislada. Todas han heredado símbolos, transformado relatos y adaptado antiguas creencias a nuevas formas de comprender el mundo.
Quizá esa sea una de las razones por las que sigo viajando y coleccionando estas piezas. No busco únicamente objetos antiguos. Busco las conexiones invisibles que nos recuerdan que, detrás de la inmensa diversidad religiosa, la humanidad lleva miles de años haciéndose las mismas preguntas y tratando de responderlas mediante símbolos diferentes.
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